martes, 16 de diciembre de 2008

Los Rincones Que Seducen Al Mundo

Cosmopolita, única, internacional, impactante, capital del mundo. Muchos son los adjetivos que Nueva York recibe a diario y miles de páginas se llenan para hablar de uno de los lugares más fascinantes del mundo. ¿Cliché? Podría ser con cualquier otro destino, pero esta ciudad tiene la gracia o la convicción de no amilanarse, de no descansar en aquella fama que arrastra a millones de turistas a conocerla. Siempre está buscando renovarse, hacer creer que la imaginación no tiene límite y que siempre puede sorprender. Ya sea por sus espectáculos, sus tiendas, su ambiente, sus modas o su gente. De alguna forma se las arregla para estar en el “top five” de los lugares a visitar en el mundo.

¿Pero que es realmente lo que genera esa atracción permanente? Decidí salir a la calle, a descubrir lo cotidiano. Nada de la Estatua de la Libertad, Bloomingdale’s o hot dogs en la Quinta Avenida. No quiero las recomendaciones de la revista “Where”, sino descubrir que hay detrás de algunas calles. Sin ambiciones. Encontrar esos datos que, para quien los conoce al estar en Nueva York, la forma de mirar la ciudad cambia en forma radial.

Chelsea se destaca por ser un barrio que hoy atrae pero no convoca. Eso permite poder caminarlo con tranquilidad y poder fijarse en los detalles de una zona que estuvo muy de moda por sus galerías de arte y tiendas de diseño.

Un viejo amigo colombiano, Julian Abisambra, me invita a conocer su casa. Vive en la calle 22 con la 11th Avenue en una antigua townhouse, características de Nueva York. Es tan antigua que en el segundo de sus tres pisos, tiene un descanso para ataúdes. Impresionante el espacio hecho en la pared a un costado de la escalera para quienes bajaran cargando el cajón, pudieran descansar del peso del “finado”.

Vamos a comer y paramos en Patsy’s Pizza (67th University Place). Pizzería histórica de Nueva York, nacida en 1933 en Harlem y que, sin exagerar, le hace competencia a las mejores pizzas italianas. De masa delgada y crocante, los ingredientes se ven tan frescos que da la sensación que fueron a comprarlos especialmente para uno. Como todo lugar que no se quiere convertir en una moda o que quiere mantener el espíritu de su éxito, no acepta reservas ni tarjetas de crédito. Pocas mesas y pago sólo en efectivo.


El Génesis: Times Square
Dicen que la mejor manera de conocer Nueva York es caminándola. Un dato obvio, pero ¿por donde empezar?. Al día siguiente me paro en Times Square, la vaca sagrada de los revendedores de tickets y de las imitaciones de lujo. Desde ahí bajo por Broadway, entre medio de las luces y su espectacularidad. Ruido permanente y hordas de gente que circulan de un lado para el otro.
Llego a la 33th con Broadway y me encuentro a una cuadra del Empire State Building. Sigo con indiferencia hasta Madison Square Park. Veo el Flat Iron, el primer rascacielo de la ciudad con forma triangular y entiendo que ya estoy en la zona de Gramercy, donde está el famoso parque sede de los glamorosos Fashion Week y el único parque privado que queda en Nueva York. Me desvío un par de cuadras, hacia Murray Hill, para conocer “Casual” (22nd y 3ra Avenida) una tienda para hombres con ropa deportiva, informal y de oficina pero sólo en tallas XL, XXL y XXXL. Impresionante. Tomo un XXXL y me imagino el diámetro de una “pelo pincho”. Sigo con mi desvío y caigo en las manos de Bruno Cavalli, “El Rey del Ravioli” (22nd y 2da Avenida). Una tienda italiana, obvio ¿no?, donde es posible encontrar 20 tipos de ravioli entre miles de fascinantes productos. Me quedo un buen rato, analizando sus delicatessen, salsas y acompañamientos y aprovecho de comerme un panini de rugula, prosciutto, pesto y mozzarella. No me atrevo a decir que es el mejor que he comido, pero seguro será dificil de olvidar.

Llego a Union Square (14th y Park Avenue y Broadway). Una arteria fundamental de la ciudad y entretenida en sus cuatro esquinas. Bajo ella pasan 6 líneas de metro y la sede de la NYU en unos de sus costados la convierten en punto estudiantil importante. En la otra esquina está el Daryl Roth Theatre, un lugar para perfomances alternativas, ajena al off u off off broaway y con espectáculos “super cool” para muchos. Por ahí pasó “Stomp”, “De La Guarda” y ahora es el turno de “Fuerza Bruta”. La vi en Buenos Aires. Formada por argentinos, es un show muy complicado de definir, porque pasan muchas cosas, todas entretenidas, pero que te mantiene alerta en forma permanente. Vale la pena.

Sigo por Broadway y me encuentro con uno de los “imperdibles” sí o sí de la ciudad. La librería Strand (12th y Broadway) es un galpón con pasillos y pasillos llenos de libros usados y nuevos. Es posible encontrar históricas ediciones, manuscritos y algunos ejemplares fuera de circulación. Todos los temas y cientos de subclasificaciones. Advertida de que me iba en dirección a este lugar, paso por un café antes y me siento en el suelo de la librería a ojear y mirar algunos textos.
Un par de cuadras más abajo y choco con Astor Place, la calle que vio nacer al famoso “Blue Man Group” y uno de los límites de East Village. Confieso mi pequeña debilidad por las tiendas de comida, en especial, cuando en Chile es difícil de encontrar o no es tan masificado. Por eso entro a “Healthfully Organic Market” para “educarme” sobre este tipo de comida que poco a poco se está ganando un lugar en las sobremesas, aunque pocos sepan de que se trata. Es entretenida, pero luce más a una botica oriental. Me imagino que en cualquier minuto va aparecer el Dr. Chang de Lost desde el mostrador. Sorprende la variedad de productos que hay entre jugos, cafes, remedios nutritivos, vitaminas y productos de belleza. No aprendo nada pero me llevo una crema de la linea del Dr. Hauschka. La vendedora me convence que tiene más vitaminas y antioxidantes que una normal.


Picando en el corazón
El Village y sus apéndices (Greenwich Village, East Village) siempre me ha llamado la atención. Quizás porque me habría encantado haber sido un adulto en los 80’s y testigo de la efervescencia cultura y bohemia que tuvo en esos años. Cuando era posible escuchar a Oscar Peterson y Dizzy Gillespie en el bar de la esquina, cuando el jazz no era un producto masivo y se disfrutaba entre amigos.

Leo el cartel “Exit 9” (64 Avenue A) y me doy cuenta que es una tienda, pero no como cualquiera. Me acerco y veo que es una especie de emporio o almacén. Hay cosas, tonteras, que te las puedes llevar casi gratis (por US0.99) hasta regalos de US100. Es de esos lugares donde no se compra por necesidad, sino por vicio. Llaveros, libros, juegos, juguetes, magnéticos, artículos de casa o simplemente chucherías entretenidas. Perfectas como regalo o para tener algún modelo único de algo. Me llaman la atención unos palitos chinos que en la parte donde los tomas, uno tiene forma de hombre y el otro de mujer. Genial para una comida romántica.

Le hago un saludo a la bandera a Washington Square, un lugar que es mucho más que el icono de la serie “Friends”. Es reflejo del corazón de Nueva York, donde convergen sin Dios ni ley distintos tipos de intereses, de personas, cuyo resultado es esa pluralidalidad y diversidad tan característica del barrio. Llego a Houston y me siento a descansar. Vale la pena. Esta calle es límite de Greenwich Village, SoHo y East Village y anuncia la cercanía con Little Italy y ChinaTown. Cruza la isla de esquina a esquina. Miro y observo y no me canso. Camino hacia el Este y llegó a Teany (90 Rivington Street), una cafetería/tetería, propiedad del cantante Moby, que es tan vegana y particular como su dueño. Juegos, ensaladas y sandwiches más sanos que tomar agua, acompañados de 98 tipos distintos de te. Decido reponer energías y me lanzo con un bagel de tocino, queso y tomate grillado. Tras el primer mordisco me arrepiento un poco y confirmo mi condición carnívora. Me gusta el carbohidrato.

Desde ahí me voy conejeando hasta llegar a Broome con Lafayette. Finalmente he llegado al Soho, una palabra demasiado manoseada para un lugar con tanto estilo y entretención. Camino entre boutiques de lujo y vendedores ambulantes. Agatha Ruiz de La Prada, Miu Miu y Tous van apareciendo en mi horizonte, mientras me meto a CB2 (451 Broadway), una tienda de diseño que se promociona para gente “con presupuesto”. Como tratando de decir que es barato, pero no lo eso. Es muy entretenida y hay cosas a precio módicos, pero no es “Wal Mart”.

Mi última parada. Estoy cansada y no quiero caminar. Puedo darme satisfecha. Estoy en Canal Street, la columna vertebral de Chinatown. Trato de entrar a un banco chino y me siento haciendo el ridículo. No entiendo nada de lo que leo u oigo. Sigo caminando y me dejo tentar por las imitaciones. Una chinita se da cuenta y me pide que la siga. Creo que me dice “Money”? “Money”?. Confundida, por minutos me arrepiento pensando que me puede pasar algo, pero desisto e incluso la empiezo a seguir con ganas. Llegamos a una especie de fuente de soda. Pocos clientes y un chino gordo enorme tras la caja. Me muestra un pasillo y se mete como un ratón, la sigo y es como si hubiera visto el paraíso. Miles de carteras, cinturones, billeteras en un cubículo de 3 x 5 metros. Fascinante, no se por donde empezar. Me lo quiero llevar todo y no se que elegir. Sin darme cuenta se abre una puerta, al parecer hay venta personalizada. Cuando sale el cliente con sus bolsas me doy cuenta que estaba en lo correcto. Era Christian Castro, el cantante, el hijo de la sufrida de “Los ricos también lloran”, el que le pegaba a la señora, ese, el artista millonario está saliendo lleno de paquetes con cosas falsas.

Un día agotador y lleno de descubrimientos, pero que por sobretodo confirmó mi teoría inicial sobre Nueva York: es una ciudad donde todo puede pasar.

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