miércoles, 4 de abril de 2012

No Quiero Crecer

La producción del Festival de Viña es compleja. En especial en el tema de los artistas. Estamos en el fin del mundo, se realiza en época de Carnaval y casi ningún artista quiere bajar por una sola fecha. Por eso, es una tremenda satisfacción cuando se anuncian nombres como Luis Miguel, Sting o Morrissey. Nombres que agotan entradas, llenan del palco a la galería y nos hace sentir importantes.

Las exigencias de los artistas no son novedad ni capricho. Bajo esa perspectiva el análisis de algunos medios en torno a Morrissey no sólo fue lamentable sino además mostró un nivel desinformación vergonzoso. Queremos que Chile sea un paso obligado por los artistas pero seguimos teniendo mentalidad pueblerina.

El mundo del rock & roll implica transar, ceder y muchas veces aceptar la última palabra….la del artista. Para soñar con ver a Coldplay, Stevie Wonder, Lenny Kravitz o Red Hot Chilli Peppers en la Quinta Vergara hay que entender que ellos no saben de gaviotas, monstruos, animadores protagonistas, ni de oberturas largas o premios que quedan pendientes. No es falta de respeto, ni de interés. Vienen a cantar no ha cosechar premios. Piden un horario, exigen puntualidad y no aceptan interrupciones. Ya el año pasado Sting tocó 85 minutos exactos, tal como le pidió la producción, no tuvo interacción con los animadores, pero su historia con Chile le hizo entender la tradición de recibir los premios que el público entrega.

Nos creemos los más bacanes del mundo porque Lollapalooza se hace en Chile pero tiramos a partir a Morrissey porque exigió lo que había acordado. Por lo mismo, la versión 2012 debe marcar un antes y un después. No sólo porque el programa de TV se vio más vulnerable que nunca y la situación de las competencias requiere urgente un replanteamiento. Además fue el año donde finalmente se hizo evidente que aspirar a estrellas mundiales, implica grandes desafíos para organizadores, prensa y público.

Durante años la parrilla era una chimuchina de latinos, anglos venido a menos, pasando por bochornos como Farkas o David Hasselhoff y con escasas excepciones como Tom Jones o Simply Red. Con el nuevo equipo, Chilevisión, a costa de farándula, pan y circo, le devolvió el concepto de fiesta, mejoró considerablemente la producción técnica, pero además se atrevió a aspirar con grandes figuras y lo logró. Pero soñar no es gratis. Si queremos que Viña vuelva a ser un escenario atractivo para estrellas de la música actual, hay que aprender a ser tolerantes y flexibles. A la larga el Festival de Viña es un programa de televisión y la televisión es dinámica.